EL ULTIMO ABRAZO

Bajó del taxi sin prisa, sabiendo que lo inevitable tiene su propio ritmo. No se dijeron palabras, ya no tenia sentido, hacia mucho que la realidad había tomado el control y los sueños se perdieron en el ayer. Tampoco había ira o molestia, solo una extraña languidez que se apoderaba de todo.

Cada quien salió por una de las puertas del vehículo, buscando encontrarse en la parte posterior, había que sacar las maletas, casi un ritual. Que pesadas se sentían, en ellas estaban los restos de los sueños incumplidos, de las promesas perdidas en el viento, de los fantasmas que nunca se fueron, también de las alegrías que en algún momento los colmaron y ahora, también, de un último adiós.

Las tomó con calma, no había prisa, el tiempo ya estaba jugado; en cada una de ellas pudo sentir el peso de su vida, las colocó en el suelo.

Se miraron con la tranquilidad que te otorga anticipar que un evento es inevitable, dieron un paso adelante para abrazarse con la fuerza y certeza de que sería el último; no hubo lágrimas, no hubo penas exageradas. El abrazo duró unos segundos mas de lo normal, era de esperarse, no todos los días damos por cerrado un capítulo de nuestra vida con esa claridad.

Al terminar, se separaron lento mientras se miraban a los ojos; luego tomó ambas maletas, giró y para empezar a caminar hacia la puerta de entrada del aeropuerto, una puerta que le abría la posibilidad de una nueva vida llena de otros abrazos, de otras promesas, de otras ilusiones.

Una nueva vida, al otro lado del mar.

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