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TIEMPOS ESTOS

julio 18, 2014

Son tiempos extraños los que estamos viviendo, tiempos confusos y enredados; tiempos polarizados, de extremos, de odios ventilados y destilados en cada red social; tiempos  de trolls y anónimos famosos, tiempos de memes, de burlas, de selfies, de snapchats, de relaciones casuales basadas en tindr, de felices cumpleaños escritos en el “wall” del “face”, de enterarse de nacimientos y muertes, de compromisos, bautizos, matrimonios y divorcios por ese mismo medio. Son tiempos de la pérdida del pudor, de la intimidad; tiempos de la sobre-exposición, de la búsqueda de los likes y RTs infinitos, de los fan pages, de los contenidos colaborativos. Son tiempos de acercamientos globales, de distancias inexistentes. Son tiempos de la bulla atronadora, de las imágenes continuas infinitas, son tiempos de la estridencia, de las luces de neón, del barullo, del desorden.

Son tiempos de soledad extrema.

A veces tengo la seguridad que estamos perdiendo nuestra humanidad, que los “ceros y unos” en forma de letras, iconitos y fotos reflejados en una pantalla han reemplazado el contacto humano, que ahora se trata de darle sentimientos a un e-mail, que nos expresamos con incandescencia vía Skype, que una imagen en la pantalla pretende ser cálida e íntima, que nos expresamos valiente, abierta y honestamente dentro de la segura distancia y del anonimato que nos provee la web.

Que hambrientos estamos de una mano en el hombro, de una palmada en silencio, de una caricia repentina, de una palabra de amigo dicha cerca mientras te abraza y contiene tu llanto. Que lejos quedaron las visitas repentinas, las noches entre chelas, una guitarra, unas voces desafinadas pero dueños de muchas canciones que hacen mas corta la vigilia. Que urgidos estamos del contacto real, del sexo en vivo, del beso profundo, del sudor mezclado, del entrelace cancino, de la “cucharita”, del amanecer juntos.

Cuanta necesidad hay de mirarse a los ojos en persona, de compartir almuerzos que se conviertan en cenas que se conviertan en piscos que se conviertan en amaneceres; cuanta necesidad hay de callarse, de encontrar el silencio, de desconectarse, de apagar. Que lejos tenemos la capacidad de escucha, que poca empatía entregamos a los otros, cuanto nos cuesta decir mirando a los ojos.

Es una paradoja que en el mundo de la plena interconexión estemos tan desconectados el uno del otro. Cuanto dolor encontramos en los ojos rojos de los demás las pocas veces que sacamos la mirada del celulartabletlaptop. Cuanta muerte solitaria mientras nos encontramos rodeados de todos.

No se si mis abrazos sean útiles ya, si mis besos tengan espacio o mis conversaciones escuchadores; no se si tenemos camino de retorno, si aun hay vuelta atrás; cada vez nuestra colectividad es mas individual, cada segundo mas enajenados y distantes, mas remotos, mas separados creyendo a pie juntillas la promesa de oropel de unión infinita que la WWW nos grita.

Y cada quien sentado zombie frente a su ordenador, tecleando sobre la felicidad, sobre vidas perfectas, sobre protestas justas, sobre nuevas ideas y mientras tanto muriendo por dentro por eso que ansiamos y no llega, por esa invitación que nos permita tomarnos de la mano solamente para sentir el calor que las teclas no nos dan.

Me desconecto.

Adeu…