La noche se presentaba bien, una reunión entre amigos, con algunas cervezas en la mano y rodeados de música que toca fibras profundas; una de esas noches donde la negrura te abraza y te mima como una madre rigurosa, donde el frio se vuelve compañero y las calles son de libertad, es decir, todo en su sitio.
Una hamburguesa previa, antes de los licores, solamente como una prudente precaución; luego de lo cual dar unos pasos y llegar al viejo local, ese mismo que está ahí desde hace mucho, que ha tenido cambios de cara, de nombre y hasta de estilo, pero que aún matiene, por lo menos un día a la semana, esa semilla que hizo que esa discoteca se convirtiera en uno de los mitos de esa Lima noventera que aún le tenía miedo a los coches bombas.
Entré por esa puerta delgada y alta, vieja, que te lleva al pasillo oscuro y ya la música retumbaba en mis oídos, desde esos pasos iniciales sentí esa vibra especial que me genera la música de los ochentas y alguna de los noventas; busqué un lugar donde sentarme, esperé unos minutos y me pedí una cerveza, hace mucho que no estaba solo en una disco under tomándome una chela, me sentí bien, me dí cuenta que es parte de quien soy y que me gusta; a los minutos llego mi bullicioso grupo y empezó otra parte de la noche, esa que compartes, una llena de risas y anécdotas, de promesas basadas en la amistad y en la buena voluntad de quienes te rodean.
Disfruté esas horas, me tomé mas de una chela y me reí lo suficiente para sentirme bien; bailé un poco, con los pasos viejos y mas cansados pero con los mismos sentimientos en mis venas, canté como hacía tiempo no lo hacía y me fuí queriendo mas, añorando otro regreso, que es como debe ser para sentirte satisfecho, pleno.
Hoy regresé a mi vida actual, pero con una sonrisa en la cara, con el recuerdo de anoche y con las ganas de mañana, con esas ganas que te hacen sentirte vivo y deseoso.
Me desconecto.
Adeu…
