“Solamente aquel que intenta algo puede ser capaz de fracasar”; con esas palabras inicio este post, claro que huelgan mayores descripciones para que sean capaces de anticipar el resultado de mi intentona surfística; pero igual haré un breve recuento de la experiencia vivida.
Parto diciendo, y que no se tome como excusa, que muy afin al mar no soy, de hecho como hombre de tierra me siento y defino, tanto que durante los ya semilargos años de mi vida nunca intenté cabalgar el mar; es a la madurez que me he puesto “creativo” y “aventurero”, menudo idiota que resulté; pero como dicen por ahí, siempre se puede comenzar y nunca es tarde para vencer los miedos, así que me lo tomé en serio y al diablo con la prudencia, que como buena madre siempre me cobijó.
Ahí estaba pues, parado a la 6 a.m. en la playa, con cara de que hago padre mio, que no es la inteligencia la que me arrastró sino unas ganas malentendidas de recuperar lo que hace rato ya perdí, saludé a quien se convertiría en mentor y gurú, bueno por unos momentos nomás, para en el siguiente paso recibir equipo e instrucciones, y yo pensando en que si serán necesarias las instrucciones para ahogarse, en fin.
Así me fue señalado un traje de neoprene en el que debía enfundarme y nunca mejor descripción, ya que luego de luchar con el traje durante varios minutos quedé listo, bueno lo que es simplemente un decir, ya que la realidad era que me encontraba muy lejos de las fotos publicitarias con esos modelos que realmente llevan el traje como si fuera su segunda piel, tan rubios y perfectos que nos aturden; y así quedé, aturdido cuando cerraron el cierre por que además de parecer un tamal mal envuelto me quedé sin espacio para el aire que me mantiene vivo; pero ahí iba y no es cuestión de rendirse por falta de glamour u oxígeno, que de esas cosas nada y adelante nomás.
Pasamos al calentamiento, mismo que no era necesario en mi caso ya que estaba exhausto de ponerme el traje, pero ni modo, donde manda capitán no manda marinero, así que a mover los pies y comerse la arena mientras intentaba que mi cuerpo se estire mas allá de sus límites naturales, elongación que le dicen; así andaba yo sufriendo sin saber bien por que, pero seguro de que “la sofi” no se vio nunca tan sin gracia y en esas circunstancias; pero Dios reparte dones sin saber bien lo que hace y bueno yo de esos ninguno en el bolsillo. Terminado esto a lo siguiente, el mar.
El mar, donde todo comienza y termina, justo el mayor enemigo ahí en frente y para no desentonar con los desatinos de este su humilde cretino, no pude escoger mejor día para iniciar que con un maretazo en ciernes; así que ahí estaba como si fuera un poster mal hecho, parado en la orilla, enfundado en mi traje, con la tabla entre brazos y con unas olas de padre y señor mio, que hacian que mi valor y tranquilidad se vayan perdiendo entre los granos de arena; pero ni modo y como no podía ser de otra manera, empecé a decirle a mi instructor que hasta ahí llegaba mi experiencia y justo cuando la primera sílaba estaba por salir de mi gartanta mi gurú dijo Ya! y de manera involuntaria mis piernas se movieron hacia la pared de agua que crecía inmisericorde delante mio y a rezar que no me quedaba otra.
Es todo por ahora.
Adeu…
