Hace algunos días estaba leyendo un blog amigo Launisch ist das Gluck, donde había un post sobre las bicicletas, ya que el autor de dicho blog es un fan de ellas, así que intercambiamos algunas ideas sobre el tema, ello me trajo a la memoria la última vez que subí a una de ellas y eso de inmediato me llevó a rememorar una tiempo en que fui feliz sobre mi bicicleta.
Como toda buena historia sucedió un verano, de hace muchos años, la verdad no termino de recordar plenamente el año, me imagino que fue por el 82 o el 83; recuerdo que ese verano lo único importante de este mundo era mi pandilla, las salidas y mataperradas con ellos, quienes como yo eran una sarta de imberbes, que aún no teníamos la capacidad de engendrar un crío pero hablábamos con sapiencia y la mayor naturalidad de nuestras mujeres (todas imaginarias ciertamente, pero no lo comenten en voz alta).
Ese verano estaban dando en un canal de señal abierta (si pues no existía el cable ni la internet ni lo celulares) una serie española que se llamaba Verano Azul, la cual contaba las aventuras de una pandilla de amigos y amigas (de mas o menos nuestras edades) que se pasaron la temporada de verano juntos ya que estaban disfrutando sus vacaciones en un pueblo costero. Esa serie, por un tema de imitación creo yo, dio pie a nuestras aventuras en bicicleta, que no eran otra cosa que largos paseos de muchas horas.
Como ya lo dije antes, mi niñez y adolescencia la pase entre los abismos y el mar, descendiendo paredes de tierra y roca para llegar al mar, caminando por los espacios vacíos para sentir el viento contra mi cuerpo, jugando con la garúa que llenaba mis madrugadas, recorriendo los techos de las casa vencidas por los años y jugando libremente por unas calles que eran nuestras; así que traten de comprender la magnitud de la libertad que una bicicleta, fiel compañera, me/nos proporcionó, ya que hizo que los límites de nuestras aventuras se ampliaran exponencialmente, nuestro reino se hizo vasto y nuestra ambición por recorrerlo también.
Fui feliz recorriendo unos caminos que eran mas amigables que los de hoy, aprendimos a recorrer con tranquilidad las calles con árboles, a usar la bicicleta como banquito para ver mas allá de las paredes protectoras de las casas construidas contra el horizonte, a pedalear fuerte cuando los perros nos perseguían, a disfrutar del viento que calmaba a nuestra piel expuesta al sol, a conversar para contar nuestros secretos y ambiciones de niños, a ser bravucones enfrente de los chicos de los otros barrios, a acelerar el paso cuando la hora de llegada a casa nos ganaba, nos enseño a apreciar el valor de la complicidad que te da la amistad que se cocina a fuego lento. Fui feliz sobre mi bicicleta ese verano.
Hoy esa bicicleta compañera no existe, como mucho en esta vida cargada de ironía, su final fue inmerecido, la robaron miserablemente de mi casa; hoy esos amigos que eran para siempre ya no están en mi vida; nuestros caminos de verano se abrieron con el tiempo, cada una de nuestras bicis tomaron su propio rumbo. Alguna vez cuando recorro esas calles de las que fui dueño en un tiempo pasado los encuentro por ahí, con un gesto similar al mío, uno que refleja cariño y nostalgia, que carga promesa y amistad, que lleva tristeza y alegría.
Algunas veces cuando los veo ya con canas y barriga, con esposa e hijos, solamente puedo ver a los impúberes libres que recorrían los caminos pegados al abismo, solamente veo la alegría infinita de haber sido parte y el cariño inmenso con que atesoramos esos recuerdos.
Me desconecto.
Adeu…
