Ultimamente por esas cosas del destino una conversación se ha dado de manera repetitiva; las películas de cine, en especial sobre los géneros de mi preferencia y para mi sorpresa descubrí, a punta de repetir la conversación de marras, que me gustan las películas épicas; si, esas con héroes, con caballos, espadas, rifles, con armaduras además de valores éticos, con palabras como honor, compromiso, valor, integridad y amistad en cada diálogo y momento de acción.
Una vez descubierto esto me puse a pensar en que momento me empezaron a gustar, y luego de mucho escarbar entre los recuerdos almacenados en mi cerebro encontré que cuando era niño los domingos pasaban algo como “Noches de Cine con Café Don Lucho” o muy parecido y ahí pasaban películas de legionarios.
Si, de esos soldados anónimos, donde la mayoría venían huyendo de algo, con pasados confusos, con amores por enterrar, con ganas de perderse en un punto desconocido de la geografía desértica africana, de enterrarse en vida; pero que al final descubrian su propio valor y se transformanban en una unidad, donde la amistad era el valor superior.
Yo era un niño que veía estas películas tirado en la cama de sus padres, emocionado con las historias, identificado con ellas, con ganas de ser parte; con el convencimiento interior de que compartía algunas soledades, lejanías, características y valores con cada uno de ellos.
Siempre quise ser un legionario; hoy he descubierto que soy un legionario, que camina con paso tambaleante por este desierto de asfalto en donde vivo, que muere de sed en cada caricia seca que le es otorgada, que huye de sus propios miedos, que busca enterrarse entre las sombras de la noche para intentar emerger restituído y valiente, para demostrarme que puedo seguir en la lucha de cada día, que a pesar de todo aún creo, que todavía hay posibilidad de ser y estar.
Soy entonces eso y mas, soy entonces eso y menos; pero soy y estoy.
Me desconecto.
Adeu…
